viernes, 14 de diciembre de 2007

Felicidad y democracia: ¿De qué estamos hablando?


Por Alex Ricardo Caldera Ortega.
En esta ocasión que mi buen amigo, el doctor Jesús Aguilar López, me ha invitado a colaborar en su columna Haciendo Democracia, he querido compartir con ustedes la siguiente reflexión en torno a la relación entre felicidad y democracia. El tema quizá sea abstracto o ajeno para muchos, pero créanme que cada vez tendrá más vigencia en el debate político.

El tema de la felicidad ha estado históricamente presente en las consideraciones y objetivos del diseño institucional político de la humanidad. La vida en comunidad tiene como objetivo trascendental, más allá de la simple sobrevivencia, alcanzar la felicidad personal y procurar la de los individuos cercanos, y por extensión de la sociedad misma. En el constitucionalismo temprano la consecución de la felicidad social fue el principal deber del ejercicio del poder político, y la materialización del pensamiento liberal en el Estado constitucional democrático transformó la felicidad en los derechos universales del ciudadano.

¿Hasta dónde el arreglo institucional democrático ha conseguido lograr la felicidad de las personas? Esa es una pregunta pertinente que últimamente ha resurgido como interés de la ciencia política de principios del siglo XXI después de un periodo intenso de cambio político en el mundo que trajo consigo la instauración de regímenes democráticos en Europa del este, América Latina, África y Asia. Los resultados de varios de estos estudios coinciden en que generalmente hay una relación positiva entre vida democrática y niveles de satisfacción de vida creciente, pero se identifica que la correlación es sumamente modesta, considerando otras variables independientes, como pueden ser la situación familiar, la económica personal, o el contexto social y cultural. Incluso, considerando los resultados de países ex comunistas como Rusia, Hungría o Rumania, donde la relación entre democratización y niveles de felicidad ha sido negativa, las afirmaciones han sido tajantes al aseverar que la democracia no trae necesariamente felicidad (recomiendo el texto Ronald Inglehart de 2006: «Democracy and Happiness: What Causes What?»).
Documentos como el llamado A Well-Being Manifesto for a Flourishing Society de la New Economics Foundation, al reconocer que el bienestar es algo más que la felicidad de las personas, identifican que una de las áreas que los gobiernos deben promover para dicho bienestar es el fortalecimiento de la sociedad civil. Lamentablemente en esta ‘recomendación de política’ la participación social se observa únicamente como instrumental y con un alcance limitado: proveer de apoyos directos a comunidades y organismos de la sociedad civil, o retirar al gobierno como proveedor central de los servicios públicos, remplazándolo con sectores interesados y comprometidos con la rendición de cuentas y poner a los usuarios en el centro.

Esta visión es limitada, en tanto entiende a la sociedad sólo como usuaria de servicios públicos y no como constitutiva del orden político. Por tanto, es dudosa -o por lo menos incompleta- su intención de fortalecimiento de la sociedad civil al dar un sobrevalor a la eficiencia sobre la legitimidad democrática, dificultando de esta manera el lograr cambios significativos. El fortalecimiento de la sociedad civil bajo esta visión se entiende como una reforma desde arriba que trata de encontrar sujetos sustitutivos del papel ineficiente del Estado en la prestación de servicios públicos, pero niega a fin de cuentas la posibilidad del ejercicio pleno de la ciudadanía y desdibuja lo público al reducir los terrenos, temas y procesos constitutivos de la política.

Las consideraciones anteriores tienen implicaciones directas sobre la felicidad. La relación entre Estado y sociedad, entre gobierno y gobernados es una relación moral que a fin de cuentas tiene que ver con el bienestar objetivo o subjetivo de las personas. El criterio último del bien social es el bien de los ciudadanos.
Amartya Sen reconoce que durante todo el siglo XIX los teóricos de la democracia se perdieron en la disputa alrededor de la pregunta relativa al cuándo una nación era apta para el sistema democrático. Finalmente la duda se disipó durante todo el siglo XX, cuando se identificó que la pregunta era la equivocada: «Una nación no tiene que ser declarada apta para la democracia; por el contrario, tiene que convertirse en apta mediante la democracia».

El principio de autonomía es la base de la constitución de la sociedad, y por tanto esencial para la consecución del bienestar; es decir, la principal herramienta de los individuos para conseguir su bienestar es su capacidad de agencia, su libertad. La idea que se defiende es que las decisiones públicas habrán de respetar las concepciones de los individuos sobre su propio bienestar. La participación ciudadana en una sociedad realmente democrática aparece como un elemento esencial -no accesorio ni complementario marginalmente- para la determinación de políticas propiamente públicas. Dicha participación debe ir desde la deliberación acerca de las mejores opciones de política y los objetivos a atender, presionando para que se pongan en marcha políticas más adecuadas, hasta una colaboración estrecha en la elaboración e implementación de las acciones concretas.

Lo anterior lleva a una defensa de un ideal político de democracia caracterizado como «deliberativo» y «participativo». Modelo alternativo, mas no de manera excluyente, a la concepción de democracia representativa. La deliberación y participación es pertinente en razón del respeto consecuente con la libertad (autonomía) de los ciudadanos, fuente primaria de todo orden social.

Al tratar de correlacionar democracia y felicidad es pertinente la pregunta: ¿De qué relación estamos hablando? Si bien los estudios recientes sobre determinantes de la felicidad han comprobado que ésta se encuentra asociada a una multiplicidad de factores, y que los eminentemente políticos son sólo una parte (a veces pequeña) de ellos, a la hora de hacer referencia al bienestar social es claro que un arreglo institucional democrático es la principal vía para la consecución de la felicidad.
¿En verdad se le ha dado un énfasis desmedido a la importancia de la democracia y solamente es una insistencia utópica o derivada en el mejor de los casos de nuestros intereses académicos? Los incentivos políticos, como los que los arreglos institucionales democráticos proveen, tienen un valor intrínseco en la consecución de la felicidad, ya que la participación de los propios ciudadanos en el gobierno -respetando su autonomía política- es la forma más directa para asegurar el bienestar social.

Publicado en Aguas (13/12/2007)
Imagen: Brian Eno.

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